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domingo, 12 de agosto de 2007

Yerra.


Todos los presente pasaron al corral, y comenzó el aparte en medio de una alegría delirante y al compás de gritos, interjecciones y carcajadas.
Unos a caballo y otros a pié, separaban reses, de un corral a otro, dejando solamente los terneros que debían ser marcados.
Todo el ganado fue apartado: al “manso” hizósele salir puerta afuera hacia el campo, y al arisco, que debía ser trasladado, pasábaselo a un potrero.
Terminado el aparte, comenzó la yerra. Una fila de pialadores esperaban en orden, colocados de distancia en distancia, hasta que desfilaba la ternerada, y entonces los lazos volaban y se ceñían a las patas delanteras, certeramente, haciendo caer patas arriba a los guaschitos del patrón. Apenas caían en tierra los terneros, eran maneados y marcados, con las marcas candentes que echaban chispas dejando esa señal indeleble a los pobres animales “cuyos destinos es –según la frase poética de Castellanos,- ir al matadero…o a tirar del arado en la opresión…”
El polvo que levantaban los hombres y las bestias; el humo de los fogones y ese olor acre de las pieles quemadas; los quejidos tristes de las pobres terneras; la gritería infernal de los alegres paisanos y las vueltas de yerbeaos, con que de cuando en cuando se premiaban los buenos piales, daba a aquella fiesta singular, un aspecto algo salvaje es cierto, pero, al mismo tiempo, llevaba impreso el sello especial de su característica originalidad…
Al ocultarse el sol por completo en el ocaso, y al extender la noche su manto negro y renebroso, sobre aquellas soledades infinitas del misterio y la superstición, recién nuestros buenos criollos suspendieron la faena, y con sus rostros desconocidos por el sudor y el polvo del corral, regresaron unos a la casa, y otros a guarecerse debajo de los árboles que tenían elegidos con tiempo y que gráficamente denominan ellos: el real.
Y esos hombres admirables, que parecía estaban forjados en duro hierro, continuaron divirtiéndose toda la noche, bailando unos al son de las guitarras y acordeones, y cantando otros acompañados con la caja de sonido pesado y monótono, a cuyo compás modulan sus tristes nuestros gauchos en canciones bastante originales no desprovistas a veces, de intención y picardía…

Fragmento extraído de "David Blanco - El Gaucho del Norte" (Leyendas Históricas Rivadavienses). Estas faenas, la yerra, las hemos visto en el Oeste de Formosa.

En la fotografía, escena típica de una "yerra", en la zona de Las Lomitas, en la década de 1940.













jueves, 9 de agosto de 2007

"Corredores" en el monte

" El invierno había pasado, y la naturaleza comenzaba a revestirse con todas sus galas.
Los chañarales floridos amarillaban a lo lejos, esparciendo en torno suyo, el suave aroma de sus flores.
Las charatas bulliciosas preparaban sus nidos para depositar en ellos el fruto de sus amores, cuando comenzara a madurar el chañar, es decir la fruta que da el árbol del mismo nombre.
Los pájaros cantores ensayaban sus mejores arpegios, en ese teatro colosal que tiene por marco una selva agreste y grandiosa, y por escenario, el vasto campo pastoso de horizontes ilimitados.
Aquí y allá, un padrillo relinchaba y un toro mujía , y cantidad de avestruces tranquilamente pastaban, cuando de golpe, estos últimos, irguieron sus largos cuellos, miraron en derredor, y graznó impaciente el macho.
Es que rumores confusos de voces lejanas, el viento traía, como si ladraran los perros y balaran terneros, que apenas se oían; luego resonó claramente ese grito peculiar, inconfundible y sonoro, que solo los gauchos dan.
Y esa voz tan conocida, era la voz de David, quien hacía ya varios días reunía en compañía de otros peones los ganados alzados de su padrino, para marcar la orejanada y trasladar después todo a los puestos nuevos recién formados por el señor Blanco en la banda Oriental del Bermejo, ó banda grande conforme se decía para abreviar.
Todos los peones eran buenos corredores en el monte, pero David, era, según opinión de la mayoría, el mejor. Ese día lo probó, una vez mas, pillando de la pata, en lo mas espeso de la selva, el novillo mas arisco conocido con el apodo de el “pasador”.
Reunidos los compañeros de David en el punto donde éste aprisionó al animal, comenzaron los comentarios de costumbres, mientras el novillo enfurecido bramaba de coraje y de dolor, pues los perros (a pesar de los retos y también de los garrotazos recibidos con todo estoicismo), de cuando le tiraban algún tarazcón, que hacía brotar la sangre tibia y roja de su cuerpo estremecido.
El novillo quedó amarrado de los cuernos en un árbol delgado que al efecto fue compuesto a cuchillo, y en seguida David y sus compañeros, regresaron a la casa satisfechos de los bien que emplearon el día, pues, casi todos habían pillado un bagual, y aquel que no pilló ninguno, ayudó siquiera a su compañero a atar otro.
Una brisa pura y fresca esparcía en torno al suave aroma de las silvestres flores, anunciando que los rayos solares no caldearían demasiado, y prometiendo, por decirlo así, una temperatura envidiable y necesaria si se quiere, para esta clase de trabajos y diversiones.
La casa del señor Blanco veíase sumamente concurrida por las numerosas relaciones que tanto él como su respetable familia tenían, y así por todas partes veíase grupos animados de paisanos, que conversaban, reían y mateaban tranquilamente esperando la hora del aparte.
Los corrales estaban llenos de ganados, y el viejo criollo, ño Cipriano, gaucho ladino y de mentas, aseguraba que había fiesta para tres días.
En esto apareció David, jinete en un hermoso alazán, que trotaba pausadamente, resoplando altanero, y enarcando orgulloso el cuello; mientras escuchábase aquel sonido peculiar que tiene también para el gaucho, rítmicos acentos: ese tilín característico que produce la rodaja de la espuela al mas leve movimiento del animal.
En su persona y en su ensillado, lucían ese día sus mejores prendas; el sombrero blanco de lana, con el ala levantada por delante; el guarda calzón de becerro, especie de delantal, abierto en el medio, que va sujeto a la cintura y que sirve, conforme su nombre lo indica, para resguardar los calzones, o el chiripá; el tradicional guardamonte, que va colocado en la cabeza delantera del apero, y que sirve para salvar los golpes de las rodillas; el coleto de cuero bien sobado, especie de saco que a manera de coraza cubre el cuerpo del corredor, salvándole de golpes y empinaduras, y que, fuera del monte, sirve como prenda de adorno, pues, bien doblado y colocado sobre el ensillado a la parte posterior, caen sus puntas a ambos costados con toda simetría; y, además del lazo común, el lazo patero, mas corto que va colocado a un costado del ensillado, al alcance de la mano del jinete y con el cual aprisiona a toda carrera, en plena selva, el animal que se persigue.
Esa es en verdad la mayor hazaña de nuestro gaucho, que no podrán todos valorar, porque para comprender bien estas cosas, hay que sentirlas o hacerlas ¡hay que ser gaucho!
(decimos: ¡hay que ser “chaqueño”!)
Lanzarse a toda carrera en la selva (diríamos, el monte) enmarañada y espesa, cubierta de fuertes espinas, teniendo que abrir grande los ojos, y evitar con maestría insuperable los golpes mortales a que se expone el corredor, a cada pisada del caballo convertido aquel en un verdadero acróbata, cuyo cuerpo vá recostado hacia el costado izquierdo como hacia el derecho del animal, en un movimiento simultáneo y contínuo, es algo que asombra, que admira, que deja estupefacto al profano.
Pero hay al mismo tiempo, algo más curioso aún, y es la admiración, el respeto profundo, que los gauchos sienten por el buen corredor.
Ser buen corredor, significa entre ellos algo así, como hacer milagros y todos decían que David los hacía, pues que, indudablemente, el hombre tenía arte…y tener arte, según los mismos, esestar bien, no con Dios, sino con el diablo…
Magnífica era en verdad la postura de aquel noble gaucho, que al llegar saludó cortés a la concurrencia, recibiendo de todos el cordial y cariñoso saludo.
Después de apearse, fue hacia el señor Blanco, y con respetuosa atención, y con el sombrero en la mano, le comunicó que todo estaba listo para comenzar la faena."

Fragmento delCapítulo IV, del libro David Blanco - El Gaucho del Norte (Leyendas Históricas Rivadavienses), de J. José Oliva, publicado en 1923.
La fotocopia que que obra en nuestro poder tiene -en el encabezamiento- la siguiente dedicatoria:
"A mi esposa querida Amelia Simona Saravia de Oliva y a mis hijos adorados les dedico este recuerdo. Consérvenlo. (Salta) Rivadavia, Noviembre 20 de 1923. Firma J. José Oliva"

Qué conocedor o amante de los usos y costumbres criollas, no ha visto un "chaqueño corredor" en el Centro y Oeste de Formosa. Nosotros hemos tenido la fortuna, el privilegio, de haber observado, en nuestra niñéz,a estos "corredores" en plena faena y, al fin de la jornada, regresar al hogar con el rostro cruzado por la marca de algunas espinas...






domingo, 5 de agosto de 2007

Haciendo rayar el suelo con los garrones...

"...el domingo por la tarde comenzó la verdadera fiesta. Hombres y mujeres, luciendo trajes nuevos, ponchos, mantas de vicuña, cintas y pañuelos de seda, verdes, rojos o azules y montando los fletes más gordos y de mejor estampa, enaperados con las prendas de más valor, en que la plata y las caronas de tigre se apreciaban por su costo, y los lazos, maneas, lonjas y riendas por el buen gusto y habilidad de sus diseños, toda esa gente dispuesta a divertirse, se congregó en los sitios donde se vendía licor o en las proximidades de la cancha de carreras.
Los jinetes galopaban de un boliche a otro, cantando al son de las cajas o apiñándose junto a los guardapatios, donde hombres y mujeres, para demostrar la maestría y fuerza de sus caballos se metían como cuñas en medio de la multitud que trataba de impedirles el paso. Algunas mujeres se apartaban solas, galopaban un trecho para tomar campo y luego volvían grupas a todo escape, inclinadas en el pescuezo del caballo, ahogando una canción en la violencia de la carrera, llegaban como una tromba a pocos pasos de la multitud y cuando el choque parecía inevitable, sujetaban al bruto, haciéndole rayar el suelo con los garrones, y ahí quedaba quieto, la boca llena de espuma, humeantes las narices. Y entonces las amazonas lanzaban un grito de triunfo o desafío¨
- ¡Jí, Jí, Jí, Jíí!..."

El fragmento trae a la memoria éste recuerdo, ésta imagen en su casa de Juan G. Bazán (Formosa). Montada en un zaino oscuro, caballito criollo, grácil, elegante y proporcionado, doña Juana Valladares lucía su natural galanura criolla. Sostenía las riendas con delicada firmeza ,haciendo mover el animal a izquierda, a derecha y de pronto lo detenía hasta casi inmovilizarlo y con imperceptible movimiento nuevamente lo azuzaba para cobrar plena carrera y sujetarlo repentínamente, casi encima de la gente...Después, bajaba del caballo, tomaba la "caja" y entonaba unas coplas que todos acompañaban con alegría.

Este fragmento del capítulo La Fiesta, del libro Los Dos Nidos, de Federico Gauffin, describe vívidamente las costumbres de los "chaqueños". Esos mismos que poblaron el Oeste de Formosa.
Federico Gauffin es el autor del libro En Tierras de Magú Pelá y Alma Perdida, además del citado en el párrafo anterior, habiendo captado con toda fidelidad el carácter, costumbres y valores típicos de aquellos criollos que son nada mas ni nada menos nuestros mayores y quienes han marcado una impronta, que debemos rescatar, preservar y difundir.