
Todos los presente pasaron al corral, y comenzó el aparte en medio de una alegría delirante y al compás de gritos, interjecciones y carcajadas.
Unos a caballo y otros a pié, separaban reses, de un corral a otro, dejando solamente los terneros que debían ser marcados.
Todo el ganado fue apartado: al “manso” hizósele salir puerta afuera hacia el campo, y al arisco, que debía ser trasladado, pasábaselo a un potrero.
Terminado el aparte, comenzó la yerra. Una fila de pialadores esperaban en orden, colocados de distancia en distancia, hasta que desfilaba la ternerada, y entonces los lazos volaban y se ceñían a las patas delanteras, certeramente, haciendo caer patas arriba a los guaschitos del patrón. Apenas caían en tierra los terneros, eran maneados y marcados, con las marcas candentes que echaban chispas dejando esa señal indeleble a los pobres animales “cuyos destinos es –según la frase poética de Castellanos,- ir al matadero…o a tirar del arado en la opresión…”
El polvo que levantaban los hombres y las bestias; el humo de los fogones y ese olor acre de las pieles quemadas; los quejidos tristes de las pobres terneras; la gritería infernal de los alegres paisanos y las vueltas de yerbeaos, con que de cuando en cuando se premiaban los buenos piales, daba a aquella fiesta singular, un aspecto algo salvaje es cierto, pero, al mismo tiempo, llevaba impreso el sello especial de su característica originalidad…
Al ocultarse el sol por completo en el ocaso, y al extender la noche su manto negro y renebroso, sobre aquellas soledades infinitas del misterio y la superstición, recién nuestros buenos criollos suspendieron la faena, y con sus rostros desconocidos por el sudor y el polvo del corral, regresaron unos a la casa, y otros a guarecerse debajo de los árboles que tenían elegidos con tiempo y que gráficamente denominan ellos: el real.
Y esos hombres admirables, que parecía estaban forjados en duro hierro, continuaron divirtiéndose toda la noche, bailando unos al son de las guitarras y acordeones, y cantando otros acompañados con la caja de sonido pesado y monótono, a cuyo compás modulan sus tristes nuestros gauchos en canciones bastante originales no desprovistas a veces, de intención y picardía…
Unos a caballo y otros a pié, separaban reses, de un corral a otro, dejando solamente los terneros que debían ser marcados.
Todo el ganado fue apartado: al “manso” hizósele salir puerta afuera hacia el campo, y al arisco, que debía ser trasladado, pasábaselo a un potrero.
Terminado el aparte, comenzó la yerra. Una fila de pialadores esperaban en orden, colocados de distancia en distancia, hasta que desfilaba la ternerada, y entonces los lazos volaban y se ceñían a las patas delanteras, certeramente, haciendo caer patas arriba a los guaschitos del patrón. Apenas caían en tierra los terneros, eran maneados y marcados, con las marcas candentes que echaban chispas dejando esa señal indeleble a los pobres animales “cuyos destinos es –según la frase poética de Castellanos,- ir al matadero…o a tirar del arado en la opresión…”
El polvo que levantaban los hombres y las bestias; el humo de los fogones y ese olor acre de las pieles quemadas; los quejidos tristes de las pobres terneras; la gritería infernal de los alegres paisanos y las vueltas de yerbeaos, con que de cuando en cuando se premiaban los buenos piales, daba a aquella fiesta singular, un aspecto algo salvaje es cierto, pero, al mismo tiempo, llevaba impreso el sello especial de su característica originalidad…
Al ocultarse el sol por completo en el ocaso, y al extender la noche su manto negro y renebroso, sobre aquellas soledades infinitas del misterio y la superstición, recién nuestros buenos criollos suspendieron la faena, y con sus rostros desconocidos por el sudor y el polvo del corral, regresaron unos a la casa, y otros a guarecerse debajo de los árboles que tenían elegidos con tiempo y que gráficamente denominan ellos: el real.
Y esos hombres admirables, que parecía estaban forjados en duro hierro, continuaron divirtiéndose toda la noche, bailando unos al son de las guitarras y acordeones, y cantando otros acompañados con la caja de sonido pesado y monótono, a cuyo compás modulan sus tristes nuestros gauchos en canciones bastante originales no desprovistas a veces, de intención y picardía…
Fragmento extraído de "David Blanco - El Gaucho del Norte" (Leyendas Históricas Rivadavienses). Estas faenas, la yerra, las hemos visto en el Oeste de Formosa.
En la fotografía, escena típica de una "yerra", en la zona de Las Lomitas, en la década de 1940.

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