viernes, 27 de julio de 2007

PIONEROS DEL OESTE FORMOSEÑO




Muerte en Nuevo Pilcomayo (11 de junio de 1911)

En los últimos años del Siglo XIX, por el Oeste de la Provincia de Formosa, se registra el “ingreso espontáneo” de hacendados salteños y santiagueños iniciando el poblamiento de esta parte del territorio argentino. Aunque los datos fidedignos no son de fácil obtención sabemos que grupos de familias oriundas del Norte de Santiago del Estero, iniciaron incursiones comerciales a Salta inicialmente. Ya Rivadavia contaba con un contingente militar del Regimiento 5 de Caballería de Salta que permitía a éstos pioneros atreverse a entrar a esos “chacos”.
En ésta zona del Chaco Salteño, amparados por la protección de la avanzada militar, se establecieron allí, formando familia y acrecentando sus modestos rebaños de ganado vacuno y sus cabras. Grupos de familias, después de comprobar la abundancia de buenas pasturas, se trasladaron a territorio formoseño, estableciéndose inicialmente en proximidades del paraje Nuevo Mundo o Mundo Nuevo, sobre la margen izquierda del Río Bermejo. Otros núcleos no menos importantes se establecieron en la zona de Nuevo Pilcomayo, sobre el Río Pilcomayo, frente a lo que entonces era territorio boliviano.
Estas referencias exponen los acontecimientos, recibidos del aporte documental y de la tradición oral, con el fin único y manifiesto de llevar al conocimiento general, el sacrificio, las penurias y la decisión firme de poblar territorios vírgenes en los que vislumbraban un futuro mejor, éstos “chaqueños”, éstos “criollos” que iniciaron el poblamiento del Oeste Formoseño.
Ellos llevaban su cultura, sus tradiciones, su vestimenta, su lenguaje, sus comidas, sus fiestas…En fin, eran portadores de algo mas que vacas, chivos y caballos.
Ya hemos entregado una primera nota sobre la colonización de Domingo Astrada, autorizado por decreto del Superior Gobierno de la Nación Argentina, en la zona de Buena Ventura. Ya continuaremos y completaremos ésta empresa.
Hemos integrado unos relatos de militares expedicionarios en los primeros años del Siglo XX y de pobladores que, niños y adolescentes aún, fueron testigos directos de éstos acontecimientos.
1911 fue un año de temperaturas extremadamente bajas para esas latitudes. Corría el mes de junio, las líneas de fortines desarrollaban una vigilancia permanente de aquellos parajes, cuando una niña con el vestido rotoso de transitar por sendas y caminos , procedente de la costa del Pilcomayo arribó a un caserío sobre el Río Bermejo; sin superar su estado de schock y un incontenido llanto, con voz temblorosa y con palabras entrecortadas contó el espanto que había vivido en el paraje donde hasta hacía pocos días vivía con su familia.
Una turba enardecida de indios, un malón, había llegado como un huracán destruyendo y matando hombres, mujeres y niños e incendiando las viviendas de “enchorizado” y techo de paja. Eran varias familias que tenían sus viviendas, distantes aproximadamente un kilómetro unas de otras.
Los indios chunupíes sorprendieron durante una madrugada a todos los pobladores, que sumaban casi 30 personas entre hombres, mujeres y niños, siendo alevosamente asesinados. Algunos recuerdan con horror que los niños eran azotados contra postes y horcones, escapando milagrosamente un niño y una niña que circunstancialmente se hallaban fueran de su casa.
Consumado el hecho, los chunupíes se alejaron del lugar, arreando alrededor de 1000 vacas, 600 ovejas y cabras y un número indeterminado de caballos.
El Subteniente Dardo Ferreyra, cordobés, baqueano, diestro en el manejo del caballo, querido y respetado por los pobladores, no dudó. Mientras envió un chasqui a informar a sus superiores, inmediatamente se puso en marcha con 25 soldados para perseguir a los atacantes y recuperar el producto del robo.
El Teniente 1ro Benjamín Menéndez, juzgando que no debía perder tiempo, en el lugar denominado Pozo de Fierro (Hoy zona de Laguna Yema), asiento del Comando del Regimiento 5 de Caballería y donde existía una casa de ramos generales, ordenó que los soldados cargaran vituallas para diez a quince días (azúcar, yerba, arroz, sal, cigarrillos).
Puestos en marcha, a las veinticuatro horas alcanzaron Nuevo Pilcomayo. Allí encontraron a un grupo de pobladores “criollos”, parientes de los muertos, que pusieron al Teniente 1ro Menéndez al tanto de lo acaecido. De las poblaciones y pequeñas instalaciones de las cuatro familias asesinadas solo quedaba el rastro de las depredaciones de los indios, que habían pasado a la margen opuesta del Pilcomayo con todo el ganado que pudieron reunir.
Desde allí Menéndez envió una patrulla al mando del Sargento 1ro José N. Rodriguez, para tomar contacto con militares bolivianos basados en el Fortin Esteros, decisión adoptada al cabo de una consulta a don Lucio Palomo, respetado poblador de Nuevo Mundo que con otros criollos acompañaba la comitiva militar argentina. Es justo homenaje recordar los nombres de quienes acompañaban allí a Benjamín Menéndez, aquel atardecer del 11 de junio de 1911: Subteniente Dardo Ferreyra, Sargento 1ro José N. Rodriguez, Cabo Angel Herrera, 25 soldados cuyos nombres no hemos podido obtener, don Juan Manuel Ruíz que oficiaba de comisario de policía y 15 pobladores, entre ellos los hermanos Cayetano y Arturo Argañaráz, Lucio Palomo y sus sobrinos Leonides Palomo y Marcelino Palomo. Además de los siguientes militares bolivianos que con mucha decisión quisieron integrar el contingente: 1 Teniente 1ro, 2 sargentos y 12 conscriptos del Regimiento 2 de Caballería (Tarija).
El día 14 de junio de 1911 en horas de la tarde tomaron contacto visual con el ganado y sigilosamente contabilizaron la viviendas e indios que se hallaban en la toldería. En la madrugada del día siguiente pudieron acercarse por sorpresa, haciendo que huyeran al monte espeso. Siguieron casi cinco horas de cruento intercambio de disparos pues los indios se reagruparon y contratacaron con fuego de carabinas, winchester y remington.
Los criollos mejor montados rodearon la hacienda recuperada e iniciaron el regreso con el ganado recuperado a Nuevo Pilcomayo.

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