Transcribimos una breve nota que expone sintéticamente, la situación en el Chaco Salteño. En Orán y Rivadavia tenían asiento sendos contingentes militares que buscaban afanosamente y con grandes difcultades y penurias ecónómicas el ensanchamiento de las fronteras interiores. En próximas entregas continuaremos con esta relación.
Secretaría General del Gobierno de la Provincia de Salta, abril 1º de 1869
Al Señor Teniente Coronel Dn Julio Roca, Gefe de las fronteras sobre el Bermejo
He recibido encargo del Excmo Sor Gobernador, para poner en manos de U.S.las tres notas que en copia autorizada le adjunto, de la primera autoridad Política y Militar del distrito y ciudad de Orán, anunciando una próxima invasión de los indios Tovas de la costa oriental del Pilcomayo.
Igualmente acompaño en copia legal el Decreto que el Gobierno, de acuerdo con U.S. ha creido deber dictar para garantir la vida y la propiedad de los vecinos del bermejo, amenazados por la denunciada invasión.
Dios guarde a U.S.
Firmado: David Saravia
Nota: El 11 de abril de 1870, un año después de la fecha de la nota transcripta, el hacedor de la Organización Nacional, el iniciador de la pacificación interior, el General Justo José de Urquiza, muere asesinado en su propia casa en San José (Entre Ríos). Como veremos en futuras entregas, orientó al Gobernador Taboada de Santiago del Estero en la ocupación pacífica y productiva del norte de esa provincia, además de la política general, que con enormes dificultades llevó adelante.
Casualmente el General Julio Roca, tucumano de origen, estudio y se recibió como Subteniente de Artillería en el Colegio del Uruguay, con asiento en Concepción del Uruguay y después del Campaña del Desierto al sur del país, fue elegido Presidente de la Nación Argentina.
Causas.- El Gobierno Nacional estaba empeñado en suprimir también en el norte del país la frontera interior para llevar su dominio al límite internacional, siendo la ocupación del Chaco preocupación constante; y ya en 1881 se planeaba explorar ese territorio y en 1883 se proseguía en ello para conocerlo bien, a fin de poder preparar expediciones importantes para la conquista del los territorios del Chaco central y sur, y complementar la seguridad de las colonias existentes y las que se hallaban en vías de formación.
Según se desprende, esto se realizaba cuando el ejército emprendió la campaña del Río Negro con las subsiguientes de Villegas (1881 a 1883) en los territorios de Neuquén y Río Negro, es decir, actividades simultáneas en las dos fronteras con los indios.
Campaña de Solá.- El 20 de mayo de 1881 el comandante Juan Solá empezó una expedición de reconocimiento del territorio y de las indiadas desde el importante fuerte de Dragones (Salta, a 100 Km al este de Orán), avanzando de paso los fortines y llegando hasta Formosa, por el Chaco, el 13 de septiembre del mismo año. Dicho jefe partió con sólo unos 70 hombres de un escuadrón movilizado, víveres para un mes, inclusive ganado en pié, 200 mazos de tabaco y algunas chucherías para los indios; su marcha se hizo por el centro de la zona comprendida entre los ríos Pilcomayo y Bermejo (Chaco central), en gran parte por el norte del Teuco, llegando a destino después de 115 días de marcha y de soportar grandes penalidades y aun hambre, éstu último porque los abastecimientos de la salida eran para solo 30 días y la expedición duró tres veces más. Los indios, sin embargo, no habían constituido ningún obstáculo en la travesía, por el contrario, sirvieron de guía en las dos terceras partes del recorrido, no así en la última, en que sus habitantes, los tobas, habían huido abandonando sus tolderías, lo que hizo que la columna extraviara el rumbo, alargara grandemente su recorrido y llegara apié y descalza, aparte de hambrienta, a las proximidades del río Paraguay, como 50 kilómetros aguas abajo del pueblo de Formosa, donde pudo orientarse. Desde allí fue transportada a Formosa por vía fluvial, dado el estado de los hombres y animales. El presidente Roca, creyendo la expedición perdida, había ordenado al gobernador, Coronel Bosch, destacase una comisión de 100 hombres en la búsqueda. En Buenos Aires, Solá, ya coronel, entregaba el cróquis y memoria descriptiva de la expedición.
Bibligrafía: " Historia de las Guerras Argentinas" - T. II, de Félix Best - Graficsur SRL - 1983.
Todos los presente pasaron al corral, y comenzó el aparte en medio de una alegría delirante y al compás de gritos, interjecciones y carcajadas. Unos a caballo y otros a pié, separaban reses, de un corral a otro, dejando solamente los terneros que debían ser marcados. Todo el ganado fue apartado: al “manso” hizósele salir puerta afuera hacia el campo, y al arisco, que debía ser trasladado, pasábaselo a un potrero. Terminado el aparte, comenzó la yerra. Una fila de pialadores esperaban en orden, colocados de distancia en distancia, hasta que desfilaba la ternerada, y entonces los lazos volaban y se ceñían a las patas delanteras, certeramente, haciendo caer patas arriba a los guaschitos del patrón. Apenas caían en tierra los terneros, eran maneados y marcados, con las marcas candentes que echaban chispas dejando esa señal indeleble a los pobres animales “cuyos destinos es –según la frase poética de Castellanos,- ir al matadero…o a tirar del arado en la opresión…” El polvo que levantaban los hombres y las bestias; el humo de los fogones y ese olor acre de las pieles quemadas; los quejidos tristes de las pobres terneras; la gritería infernal de los alegres paisanos y las vueltas de yerbeaos, con que de cuando en cuando se premiaban los buenos piales, daba a aquella fiesta singular, un aspecto algo salvaje es cierto, pero, al mismo tiempo, llevaba impreso el sello especial de su característica originalidad… Al ocultarse el sol por completo en el ocaso, y al extender la noche su manto negro y renebroso, sobre aquellas soledades infinitas del misterio y la superstición, recién nuestros buenos criollos suspendieron la faena, y con sus rostros desconocidos por el sudor y el polvo del corral, regresaron unos a la casa, y otros a guarecerse debajo de los árboles que tenían elegidos con tiempo y que gráficamente denominan ellos: el real. Y esos hombres admirables, que parecía estaban forjados en duro hierro, continuaron divirtiéndose toda la noche, bailando unos al son de las guitarras y acordeones, y cantando otros acompañados con la caja de sonido pesado y monótono, a cuyo compás modulan sus tristes nuestros gauchos en canciones bastante originales no desprovistas a veces, de intención y picardía…
Fragmento extraído de "David Blanco - El Gaucho del Norte" (Leyendas Históricas Rivadavienses). Estas faenas, la yerra, las hemos visto en el Oeste de Formosa.
En la fotografía, escena típica de una "yerra", en la zona de Las Lomitas, en la década de 1940.
" El invierno había pasado, y la naturaleza comenzaba a revestirse con todas sus galas. Los chañarales floridos amarillaban a lo lejos, esparciendo en torno suyo, el suave aroma de sus flores. Las charatasbulliciosas preparaban sus nidos para depositar en ellos el fruto de sus amores, cuando comenzara a madurar el chañar, es decir la fruta que da el árbol del mismo nombre. Los pájaros cantores ensayaban sus mejores arpegios, en ese teatro colosal que tiene por marco una selva agreste y grandiosa, y por escenario, el vasto campo pastoso de horizontes ilimitados. Aquí y allá, un padrillo relinchaba y un toro mujía , y cantidad de avestruces tranquilamente pastaban, cuando de golpe, estos últimos, irguieron sus largos cuellos, miraron en derredor, y graznó impaciente el macho. Es que rumores confusos de voces lejanas, el viento traía, como si ladraran los perros y balaran terneros, que apenas se oían; luego resonó claramente ese grito peculiar, inconfundible y sonoro, que solo los gauchos dan. Y esa voz tan conocida, era la voz de David, quien hacía ya varios días reunía en compañía de otros peones los ganados alzados de su padrino, para marcar la orejanada y trasladar después todo a los puestos nuevos recién formados por el señor Blanco en la banda Oriental del Bermejo, ó banda grande conforme se decía para abreviar. Todos los peones eran buenos corredores en el monte, pero David, era, según opinión de la mayoría, el mejor. Ese día lo probó, una vez mas, pillando de la pata, en lo mas espeso de la selva, el novillo mas arisco conocido con el apodo de el “pasador”. Reunidos los compañeros de David en el punto donde éste aprisionó al animal, comenzaron los comentarios de costumbres, mientras el novillo enfurecido bramaba de coraje y de dolor, pues los perros (a pesar de los retos y también de los garrotazos recibidos con todo estoicismo), de cuando le tiraban algún tarazcón, que hacía brotar la sangre tibia y roja de su cuerpo estremecido. El novillo quedó amarrado de los cuernos en un árbol delgado que al efecto fue compuesto a cuchillo, y en seguida David y sus compañeros, regresaron a la casa satisfechos de los bien que emplearon el día, pues, casi todos habían pillado un bagual, y aquel que no pilló ninguno, ayudó siquiera a su compañero a atar otro. Una brisa pura y fresca esparcía en torno al suave aroma de las silvestres flores, anunciando que los rayos solares no caldearían demasiado, y prometiendo, por decirlo así, una temperatura envidiable y necesaria si se quiere, para esta clase de trabajos y diversiones. La casa del señor Blanco veíase sumamente concurrida por las numerosas relaciones que tanto él como su respetable familia tenían, y así por todas partes veíase grupos animados de paisanos, que conversaban, reían y mateaban tranquilamente esperando la hora del aparte. Los corrales estaban llenos de ganados, y el viejo criollo, ño Cipriano, gaucho ladino y de mentas, aseguraba que había fiesta para tres días. En esto apareció David, jinete en un hermoso alazán, que trotaba pausadamente, resoplando altanero, y enarcando orgulloso el cuello; mientras escuchábase aquel sonido peculiar que tiene también para el gaucho, rítmicos acentos: ese tilín característico que produce la rodaja de la espuela al mas leve movimiento del animal. En su persona y en su ensillado, lucían ese día sus mejores prendas; el sombrero blanco de lana, con el ala levantada por delante; el guarda calzón de becerro, especie de delantal, abierto en el medio, que va sujeto a la cintura y que sirve, conforme su nombre lo indica, para resguardar los calzones, o el chiripá; el tradicionalguardamonte, que va colocado en la cabeza delantera del apero, y que sirve para salvar los golpes de las rodillas; el coletode cuero bien sobado, especie de saco que a manera de coraza cubre el cuerpo del corredor, salvándole de golpes y empinaduras, y que, fuera del monte, sirve como prenda de adorno, pues, bien doblado y colocado sobre el ensillado a la parte posterior, caen sus puntas a ambos costados con toda simetría; y, además del lazo común, el lazo patero, mas corto que va colocado a un costado del ensillado, al alcance de la mano del jinete y con el cual aprisiona a toda carrera, en plena selva, el animal que se persigue. Esa es en verdad la mayor hazaña de nuestro gaucho, que no podrán todos valorar, porque para comprender bien estas cosas, hay que sentirlas o hacerlas ¡hay que ser gaucho! (decimos: ¡hay que ser “chaqueño”!) Lanzarse a toda carrera en la selva (diríamos, el monte) enmarañada y espesa, cubierta de fuertes espinas, teniendo que abrir grande los ojos, y evitar con maestría insuperable los golpes mortales a que se expone el corredor, a cada pisada del caballo convertido aquel en un verdadero acróbata, cuyo cuerpo vá recostado hacia el costado izquierdo como hacia el derecho del animal, en un movimiento simultáneo y contínuo, es algo que asombra, que admira, que deja estupefacto al profano. Pero hay al mismo tiempo, algo más curioso aún, y es la admiración, el respeto profundo, que los gauchos sienten por el buen corredor. Ser buen corredor, significa entre ellos algo así, como hacer milagros y todos decían que David los hacía, pues que, indudablemente, el hombre tenía arte…y tener arte, según los mismos, esestar bien, no con Dios, sino con el diablo… Magnífica era en verdad la postura de aquel noble gaucho, que al llegar saludó cortés a la concurrencia, recibiendo de todos el cordial y cariñoso saludo. Después de apearse, fue hacia el señor Blanco, y con respetuosa atención, y con el sombrero en la mano, le comunicó que todo estaba listo para comenzar la faena."
Fragmento delCapítulo IV, del libro David Blanco - El Gaucho del Norte (Leyendas Históricas Rivadavienses), de J. José Oliva, publicado en 1923. La fotocopia que que obra en nuestro poder tiene -en el encabezamiento- la siguiente dedicatoria: "A mi esposa querida Amelia Simona Saravia de Oliva y a mis hijos adorados les dedico este recuerdo. Consérvenlo. (Salta) Rivadavia, Noviembre 20 de 1923. Firma J. José Oliva"
Qué conocedor o amante de los usos y costumbres criollas, no ha visto un "chaqueño corredor" en el Centro y Oeste de Formosa. Nosotros hemos tenido la fortuna, el privilegio, de haber observado, en nuestra niñéz,a estos "corredores" en plena faena y, al fin de la jornada, regresar al hogar con el rostro cruzado por la marca de algunas espinas...
"...el domingo por la tarde comenzó la verdadera fiesta. Hombres y mujeres, luciendo trajes nuevos, ponchos, mantas de vicuña, cintas y pañuelos de seda, verdes, rojos o azules y montando los fletes más gordos y de mejor estampa, enaperados con las prendas de más valor, en que la plata y las caronas de tigre se apreciaban por su costo, y los lazos, maneas, lonjas y riendas por el buen gusto y habilidad de sus diseños, toda esa gente dispuesta a divertirse, se congregó en los sitios donde se vendía licor o en las proximidades de la cancha de carreras. Los jinetes galopaban de un boliche a otro, cantando al son de las cajas o apiñándose junto a los guardapatios, donde hombres y mujeres, para demostrar la maestría y fuerza de sus caballos se metían como cuñas en medio de la multitud que trataba de impedirles el paso. Algunas mujeres se apartaban solas, galopaban un trecho para tomar campo y luego volvían grupas a todo escape, inclinadas en el pescuezo del caballo, ahogando una canción en la violencia de la carrera, llegaban como una tromba a pocos pasos de la multitud y cuando el choque parecía inevitable, sujetaban al bruto, haciéndole rayar el suelo con los garrones, y ahí quedaba quieto, la boca llena de espuma, humeantes las narices. Y entonces las amazonas lanzaban un grito de triunfo o desafío¨ - ¡Jí, Jí, Jí, Jíí!..."
El fragmento trae a la memoria éste recuerdo, ésta imagen en su casa de Juan G. Bazán (Formosa). Montada en un zaino oscuro, caballito criollo, grácil, elegante y proporcionado, doña Juana Valladares lucía su natural galanura criolla. Sostenía las riendas con delicada firmeza ,haciendo mover el animal a izquierda, a derecha y de pronto lo detenía hasta casi inmovilizarlo y con imperceptible movimiento nuevamente lo azuzaba para cobrar plena carrera y sujetarlo repentínamente, casi encima de la gente...Después, bajaba del caballo, tomaba la "caja" y entonaba unas coplas que todos acompañaban con alegría. Este fragmento del capítulo La Fiesta, del libro Los Dos Nidos, de Federico Gauffin, describe vívidamente las costumbres de los "chaqueños". Esos mismos que poblaron el Oeste de Formosa. Federico Gauffin es el autor del libro En Tierras de Magú Pelá y Alma Perdida, además del citado en el párrafo anterior, habiendo captado con toda fidelidad el carácter, costumbres y valores típicos de aquellos criollos que son nada mas ni nada menos nuestros mayores y quienes han marcado una impronta, que debemos rescatar, preservar y difundir.
“Hemos hecho 300 leguas en 95 días, sin descansar y sin desmayar, luchando con la naturaleza, a muchas leguas de los centros poblados…” Así recordaba Domingo Astrada la travesía, iniciada el 17 de junio hasta el 21 de septiembre de 1903, cuando informaba a las autoridades gubernamentales , agregando: “Va la lista de estos oscuros pero abnegados expedicionarios, primeros hombres que han cruzado toda la región del Pilcomayo y sus grandes esteros, desde Bolivia hasta la desembocadura de este río en las aguas del Paraguay: Don Bartolomé Orquera, catamarqueño, 62 años, hacendado, soltero (*); Sandalio Moyano, cordobés, 53 años, agricultor, soltero; Eliseo Centeno (mi 2do, dice Astrada), 36 años, hacendado, casado; Manuel A. Cejas (Ayudante), santiagueño, 28 años, comerciante, casado; Petronilo Chavez, tucumano, 52 años, hacendado, casado; Félix Ceballos Mendoza, cordobés, 40 años, agricultor, casado; Experidión Palomo, santiagueño, 44 años, hacendado, casado; Eusebio Rojas, salteño,36 años, hacendado, casado; Manuel A. Anaquín, santiagueño, 46 años, hacendado, casado; Absalón Palomo, santiagueño, 47 años, hacendado, casado; Manuel Ruíz, salteño, 25 años, comerciante, soltero; Ciro Aparicio, salteño, 30 años, hacendado, soltero; Timoteo Páez, santiagueño, 32 años, soltero; José S. Acevedo, santiagueño, 34 años, hacendado, casado; Dámaso Conchas, salteño, 22 años, hacendado, soltero; Federico Madrid, salteño, 21 años, hacendado, soltero; Segundo Herrera, salteño, 26 años, hacendado, soltero; Agustín Pinto, catamarqueño, 50 años, agricultor, soltero; Gil Paz, salteño, 23 años, hacendado, soltero; Manuel Luna, santiagueño, 24 años, hacendado, soltero; Salvador Acevedo, santiagueño, 30 años, agricultor, casado; Juan Soraide, santiagueño, 27 años, agricultor, soltero; Eusebio Quintana, santiagueño, 32 años, baquiano (dixit), casado; León A. Galván,31 años, baquiano, casado; Pedro Argañaráz, santiagueño, 45 años, agricultor, soltero; Francisco Ceballos, tucumano 36 años (único sobreviviente de la expedición Crévaux), casado¸A, Bacaflor, salteño, 19 años, agricultor, soltero; Juan Morales, salteño, 41 años, jornalero, soltero; Leandro Palomo, santiagueño, 55 años, agricultor, casado; Javier Fernández, salteño, 25 años, cocinero, soltero; José María Rojas, salteño, 27 años, lenguaraz, soltero; Cruz Rojas, salteño, 11 años, mi lenguaraz privado; Agustín Chavez, 14 años y Diego Torres, salteño, 12 años. Don Gastón Etchegaray, ayudante, 30 años, casado, cordobés; el señor Jefe Técnico Otto Asp, 42 años, casado, sueco; su ayudante don Manuel Fromel, 22 años, soltero, oriental, y el que suscribe estos apuntes”
En Suri Pintao Me despertó la bulla de los expedicionarios, afanados en encender el fuego, preparar su desayuno de mate y acomodar los ensillados en que habían dormido. Reconocí a varios santiagueños por la tonada y por las frases salpicadas de palabras quichuas. Me acerqué a uno de los fogones, y amablemente me ofrecieron asiento en un jergón y me invitaron a matear. Nadie preguntó por mi nombre ni el objeto de mi viaje. Ley natural de cortesía es no hacer preguntas a quien se brinda hospitalidad. Hablaban jovialmente de vacas, de corridas, de topadas con los indios y de la expedición que los llevaría a tierras desconocidas. Aludían a los inevitables peligros de la aventura, pero sin darles importancia, riendo de la probabilidad de dejar los huesos en el desierto. Demostraban gran respeto por el jefe, Jesús Lugones, y comentaban con ironía las extravagancias de don Otto, el ingeniero, a quien le habían demostrado que en la práctica vale mas el instinto seguro del criollo, que todas las brújulas y aparatos científicos. -El otro día –dijo uno- el gringo pasó tuita la tarde en el monte, buscando con sus herramientas la dirección de las casas, y aunque se oía el “torido” (ladrido) de los perros, porfiaba pa otro lao, porque la brújula le marcaba otro rumbo; y si no lo saco medio a la juerza, se hubiera hecho piazos en los chaguarales. Los expedicionarios eran cuarenta, en su mayoría vecinos de Rivadavia, departamento salteño, y se proponían revisar las costas del Pilcomayo, para trasladar sus haciendas, siempre que hallasen buenos pastos y los indios no les opusieron mayor resistencia. Aceptaron la dirección de Jesús Lugones, porque éste les había prometido gestionar ante el gobierno la concesión de los campos que ocupasen con sus ganados. Pronto se acercó al grupo un hombre que, por su tonada cordobesa, su traje de montar y por el respetuoso saludo con que lo recibieron los chaqueños , no podía ser sino el jefe. Jesús Lugones tenía buena figura y aire resuelto. Al notar mi presencia, me saludó amablemente, interesándose por saber el objeto de mi viaje; pero advirtiendo que yo ponía reparos en hablar en presencia de gente desconocida, dijo: -No es necesario que nos cuente nada, y si quiere hacerlo, no faltará oportunidad. Me admira hallar en éstos lugares un muchacho joven y de aspecto diferente al de mis compañeros de viaje- Y dirigiéndose a los chaqueños-; Ya está la picada y conviene salir pronto; hay que economizar provisiones. La estación está avanzada y las lluvias pueden ser un peligro mayor que el de los indios, pues los esteros, si llueve mucho, serán el más grave obstáculo para el viaje, ya que solo los conocemos por relatos de los nativos, que me inspiran poca confianza. Además, ustedes conocen mi empeño por saber algo del explorador Ibarreta y averiguar su paradero, si vive. -A causa de esas diligencias ¿no demoraremos más de lo debido?-preguntó el gaucho. Lugones, molesto por la observación, respondió: -Uno de mis propósitos es saber algo de Ibarreta, el explorador perdido hace algunos años, puesto que nadie, hasta hoy, ha demostrado su muerte. Siempre queda la esperanza de encontrarlo vivo y ello compensaría cualquier sacrificio. Aquí todos somos voluntarios y el que no esté conforme que se vuelva; pwero mientras andemos juntos, tengan presente que la disciplina es indispensable. Caminaremos de noche, aprovechando la luna, para no reventar los animales con el calor. Haremos corta la primera jornada. Los que van con mulas cargueras saldrán un rato antes, porque ellos andan más despacio; los que acompañan a don Otto, ya saben que no deben dejarlo solo ni un segundo, porque padece de distracciones y puede darnos más de un disgusto…Yo iré atrás de todos, con mi mozo de mano y con este jovencito rubio, si quiere acompañarme. Asentí con un movimiento de cabeza. A la hora de almorzar, Lugones me invitó a hacerle compañía en su frugal comida, igual a la de todos, salvo el café, que los chaqueños no toman. No me hizo ninguna pregunta, pero yo le referí mi corta historia y la decepción que me causara la frialdad y egoísmo de Gil, con quien contaba al emprender el viaje. -Cosas de muchacho-me contestó sonriendo. –Usted, mi amigo, está en la edad de las aventuras descabelladas, lo que no es bueno en estos parajes, donde, ante todo, se necesita reflexión y serenidad. Como a usted no le es posible volverse, acompáñenos siquiera hasta el Pilcomayo, y allá puede quedarse con don Gil o con otros chaqueños, que no seguirán viaje conmigo; pero mientras esté con nosotros no le faltaránada, al menos de lo que yo pueda disponer. Le agradecí y le dije que nada podía ser mejor para mí, que acompañarlo. Después de la siesta, principiamos los preparativos. Fueron aparejadas las mulas cargueras, a las que con ponchos se les tapaba la cabeza para que no asustaran a la vista de los grandes fardos que les ponían en los lomos, y que contenían municiones, víveres, algunas carpas, medicamentos, los aparatos centíficos del ingeniero y una variada provisión de objetos indispensables. Aprontáronse luego los que debían acompañar a don Otto, a quien ví por primera vez a tales horas, aunque sin poderle observar la fisonomía, porque un gran caso blanco le cubría la cabeza y un tul verde le ocultaba el rostro. Especie de fantasma, tan alto como seco, los chaqueños lo hicieron encaramar en la mula y se lo llevaron de tiro. Mientras los mirábamos partir, hablé a Lugones de mi amigo Argamonte, manifestándole mi aprecio por el buen gaucho, a mi parecer injustamente perseguido por la policía. En ese momento Argamonte, atento como siempre, había ya ensillado su animal y el mío y nos miraba como quien espera órdenes. Lugones lo llamó. -Vea, amigo, le dijo- por razones que me reservo, sigo de cerca los pasos de ese bendito comisario, azote de todo Rivadavia, y estoy enterado de lo que ocurre. Sé que usted hubo de usar la violencia para evitar las humillaciones o algo peor, que él le preparaba. Desearía contarlo entre mis compañeros de viaje, si tal es su gusto, y siempre que se comprometa a observar disciplina. Así pués, mucho compañerismo y obediencia al jefe, aunque hasta ahora no tuve necesidad de dar órdenes, porque cada uno conoce muy bien sus deberes. Argamonte, que escuchaba de pie, sombrero en mano, respondió: -Vea señor, puede contar conmigo, como se lo probaré si se presenta la ocasión. Al comisario le hubiese aguantao todo, hasta un balazo; pero un azote nunca. Al hombre libre se lo hace criminal con una ofensa y esclavo con un apretón de manos. A lugones pareció gustarle la sentencia del gaucho y le dijo: Los chaqueños son hombres altivos y por eso me agradan. Estamos de acuerdo, amigo, y saldremos juntos en cuanto se asiente el polvo que levantan los que van adelante. Mientras llegaba la hora de partir, logré conocer la laguna de Suri Pintao. Medirá unos trescientos metros de largo, por doscientos de ancho. Su profundidad es escasa y en algunos años se agota, teniendo necesidad los vecinos que viven en las orillas, de cavar pozos para obtener el agua que ellos y sus ganados necesitan. Encontré dos patos picazos –únicos palmípedos que anidan en un árbol- que, en la rama de un algarrobo, estiraban el pescuezo como litigantes discutiendo. Un tiro de mi escopeta terminó para siempre con sus alegatos. El eco respondió con mil detonaciones que repercutieron en la selva, como si un disparo hubiera sido orden de fuego a discreción dada a un ejército oculto en el monte. Inmediatamente, de toda la extensión de la laguna, se levantaron miles de aves que ensordecían con la estridencia de sus gritos, de tan diversos tonos, como eran sus colores. Los chajáes, centinelas del desierto, levantaban a duras penas su pesado vuelo, para juntarse en enormes bandadas, elevándose hasta parecer unos puntitos negros que se perdían en la altura. Las garzas morenas, blancas, rosadas y azules, colgando en sus flancos el airón de sus plumas valiosas; un torbellino de patos, gansos e infinidad de palmípedos, de variado tono y color, desde el azul tornasolado del picazo, hasta el rojo oscuro del silbador, junto con otras aves para mí desconocidas, se agitaban con descomunal algarabía sobre las aguas brillantes, formando un maravilloso dosel de plumas. Sentí que me tocaban; era Lugones, que me miraba sonriente. Admirado con la belleza del espectáculo, no lo había sentido. -Usted parece encantado con el cuadro, ¿no? Pocos prestan atención a éstas cosas. Regresamos en silencio y en el momento de montar a caballo me preguntó: ¿No acertó el tiro? Tuve que confesar que me había olvidado de los patos. Los fui a recoger. Ya en marcha, Lugones, como al descuido, observó: -¿usted es pintor o le gusta hacer versos?- -Algunas veces “cometo” versos- le respondí El hombre, sonriendo con un poquito de tristeza, me dijo: -Me lo imaginaba. Sin criticar su afición, le aseguro que será el peor obstáculo que se le opondrá en la vida. Esta misma aventura en que se ha metido, lo pinta de cuerpo entero.
[1] Hemos extraido este capítulo de la obra (novela) “En tierras de Magú Pelá”, de Federico Gauffin, reedición revisada de la Comisión Bicameral Examinadora de Obras de Autores Salteños (Ley 3909), de la legislatura de la Provincia de Salta, octubre de 1994. La edición inicial del autor se realizó en Talleres Rosso, Buenos Aires, 1932. Reediciones posteriores en 1958 del autor, talleres Rómulo D’Uva, y de la Fundación Michel Torino en 1975, ambas en Salta. Creemos que la descripción de la geografía, del carácter del “chaqueño” y sus costumbres se acercan mucho a lo que conocemos.
La fotografía nos muestra un matrimonio "chaqueño", ambos oriundos de Rivadavia (Salta), de esos que llegaron al Oeste de Formosa con padres y hermanos, con una hija formoseña. Circa fines década del 30.
Nos interesa su comentario. "Clickear" al pié del artículo, en el dibujo del sobre. Si Ud desea escribir algún artículo, incluyendo imágenes o testimonios, envíelo a la dirección de correo que está en la página. Si desea hacerlo por vía postal, le comunicaremos una dirección adonde enviarlo. Muchas gracias.
Después de la Organización Nacional, del dictado de la Constitución Nacional, la República Argentina empezaba a conformarse políticamente. Transcurrió casi una década hasta que el Estado de Buenos Aires se uniera a la Confereración. Los años fueron difíciles para todas las provincias, y se agravaron con la Guerra del Paraguay. Un erario exhausto, donde había que "ahorrar sobre el hambre y la sed..." Desde Santiago del Estero iniciaron su marcha hacia el Norte, acosados por la necesidad de supervivencia y por el afán de mejorar su situación y progresar...Ya existía en Rivadavia una avanzada, un contingente militar, que permitía a los pioneros adentrarse en tierras desconocidas. Primero transportando para la venta, pequeñas cargas de comestibles que comerciaban entre Salta y sus lugares de origen. Después empezaron los rebaños de ganado vacuno, cabras y caballos, que en pocos años desarrollaron fuertemente, por las pasturas vírgenes de los lugares que iban ocupando. Ya iremos desarrollando mejor ésta verdadera epopeyas..., sin necesidad de acudir a películas de cow boys...