miércoles, 1 de agosto de 2007

En Suri Pintao


En Suri Pintao
Me despertó la bulla de los expedicionarios, afanados en encender el fuego, preparar su desayuno de mate y acomodar los ensillados en que habían dormido.
Reconocí a varios santiagueños por la tonada y por las frases salpicadas de palabras quichuas. Me acerqué a uno de los fogones, y amablemente me ofrecieron asiento en un jergón y me invitaron a matear.
Nadie preguntó por mi nombre ni el objeto de mi viaje. Ley natural de cortesía es no hacer preguntas a quien se brinda hospitalidad. Hablaban jovialmente de vacas, de corridas, de topadas con los indios y de la expedición que los llevaría a tierras desconocidas. Aludían a los inevitables peligros de la aventura, pero sin darles importancia, riendo de la probabilidad de dejar los huesos en el desierto. Demostraban gran respeto por el jefe, Jesús Lugones, y comentaban con ironía las extravagancias de don Otto, el ingeniero, a quien le habían demostrado que en la práctica vale mas el instinto seguro del criollo, que todas las brújulas y aparatos científicos.
-El otro día –dijo uno- el gringo pasó tuita la tarde en el monte, buscando con sus herramientas la dirección de las casas, y aunque se oía el “torido” (ladrido) de los perros, porfiaba pa otro lao, porque la brújula le marcaba otro rumbo; y si no lo saco medio a la juerza, se hubiera hecho piazos en los chaguarales.
Los expedicionarios eran cuarenta, en su mayoría vecinos de Rivadavia, departamento salteño, y se proponían revisar las costas del Pilcomayo, para trasladar sus haciendas, siempre que hallasen buenos pastos y los indios no les opusieron mayor resistencia. Aceptaron la dirección de Jesús Lugones, porque éste les había prometido gestionar ante el gobierno la concesión de los campos que ocupasen con sus ganados.
Pronto se acercó al grupo un hombre que, por su tonada cordobesa, su traje de montar y por el respetuoso saludo con que lo recibieron los chaqueños , no podía ser sino el jefe. Jesús Lugones tenía buena figura y aire resuelto. Al notar mi presencia, me saludó amablemente, interesándose por saber el objeto de mi viaje; pero advirtiendo que yo ponía reparos en hablar en presencia de gente desconocida, dijo:
-No es necesario que nos cuente nada, y si quiere hacerlo, no faltará oportunidad. Me admira hallar en éstos lugares un muchacho joven y de aspecto diferente al de mis compañeros de viaje- Y dirigiéndose a los chaqueños-; Ya está la picada y conviene salir pronto; hay que economizar provisiones. La estación está avanzada y las lluvias pueden ser un peligro mayor que el de los indios, pues los esteros, si llueve mucho, serán el más grave obstáculo para el viaje, ya que solo los conocemos por relatos de los nativos, que me inspiran poca confianza. Además, ustedes conocen mi empeño por saber algo del explorador Ibarreta y averiguar su paradero, si vive.
-A causa de esas diligencias ¿no demoraremos más de lo debido?-preguntó el gaucho.
Lugones, molesto por la observación, respondió:
-Uno de mis propósitos es saber algo de Ibarreta, el explorador perdido hace algunos años, puesto que nadie, hasta hoy, ha demostrado su muerte. Siempre queda la esperanza de encontrarlo vivo y ello compensaría cualquier sacrificio. Aquí todos somos voluntarios y el que no esté conforme que se vuelva; pwero mientras andemos juntos, tengan presente que la disciplina es indispensable. Caminaremos de noche, aprovechando la luna, para no reventar los animales con el calor. Haremos corta la primera jornada. Los que van con mulas cargueras saldrán un rato antes, porque ellos andan más despacio; los que acompañan a don Otto, ya saben que no deben dejarlo solo ni un segundo, porque padece de distracciones y puede darnos más de un disgusto…Yo iré atrás de todos, con mi mozo de mano y con este jovencito rubio, si quiere acompañarme.
Asentí con un movimiento de cabeza.
A la hora de almorzar, Lugones me invitó a hacerle compañía en su frugal comida, igual a la de todos, salvo el café, que los chaqueños no toman. No me hizo ninguna pregunta, pero yo le referí mi corta historia y la decepción que me causara la frialdad y egoísmo de Gil, con quien contaba al emprender el viaje.
-Cosas de muchacho-me contestó sonriendo. –Usted, mi amigo, está en la edad de las aventuras descabelladas, lo que no es bueno en estos parajes, donde, ante todo, se necesita reflexión y serenidad. Como a usted no le es posible volverse, acompáñenos siquiera hasta el Pilcomayo, y allá puede quedarse con don Gil o con otros chaqueños, que no seguirán viaje conmigo; pero mientras esté con nosotros no le faltaránada, al menos de lo que yo pueda disponer.
Le agradecí y le dije que nada podía ser mejor para mí, que acompañarlo.
Después de la siesta, principiamos los preparativos. Fueron aparejadas las mulas cargueras, a las que con ponchos se les tapaba la cabeza para que no asustaran a la vista de los grandes fardos que les ponían en los lomos, y que contenían municiones, víveres, algunas carpas, medicamentos, los aparatos centíficos del ingeniero y una variada provisión de objetos indispensables.
Aprontáronse luego los que debían acompañar a don Otto, a quien ví por primera vez a tales horas, aunque sin poderle observar la fisonomía, porque un gran caso blanco le cubría la cabeza y un tul verde le ocultaba el rostro. Especie de fantasma, tan alto como seco, los chaqueños lo hicieron encaramar en la mula y se lo llevaron de tiro.
Mientras los mirábamos partir, hablé a Lugones de mi amigo Argamonte, manifestándole mi aprecio por el buen gaucho, a mi parecer injustamente perseguido por la policía. En ese momento Argamonte, atento como siempre, había ya ensillado su animal y el mío y nos miraba como quien espera órdenes. Lugones lo llamó.
-Vea, amigo, le dijo- por razones que me reservo, sigo de cerca los pasos de ese bendito comisario, azote de todo Rivadavia, y estoy enterado de lo que ocurre. Sé que usted hubo de usar la violencia para evitar las humillaciones o algo peor, que él le preparaba. Desearía contarlo entre mis compañeros de viaje, si tal es su gusto, y siempre que se comprometa a observar disciplina. Así pués, mucho compañerismo y obediencia al jefe, aunque hasta ahora no tuve necesidad de dar órdenes, porque cada uno conoce muy bien sus deberes.
Argamonte, que escuchaba de pie, sombrero en mano, respondió:
-Vea señor, puede contar conmigo, como se lo probaré si se presenta la ocasión. Al comisario le hubiese aguantao todo, hasta un balazo; pero un azote nunca. Al hombre libre se lo hace criminal con una ofensa y esclavo con un apretón de manos.
A lugones pareció gustarle la sentencia del gaucho y le dijo:
Los chaqueños son hombres altivos y por eso me agradan. Estamos de acuerdo, amigo, y saldremos juntos en cuanto se asiente el polvo que levantan los que van adelante.
Mientras llegaba la hora de partir, logré conocer la laguna de Suri Pintao. Medirá unos trescientos metros de largo, por doscientos de ancho. Su profundidad es escasa y en algunos años se agota, teniendo necesidad los vecinos que viven en las orillas, de cavar pozos para obtener el agua que ellos y sus ganados necesitan.
Encontré dos patos picazos –únicos palmípedos que anidan en un árbol- que, en la rama de un algarrobo, estiraban el pescuezo como litigantes discutiendo. Un tiro de mi escopeta terminó para siempre con sus alegatos.
El eco respondió con mil detonaciones que repercutieron en la selva, como si un disparo hubiera sido orden de fuego a discreción dada a un ejército oculto en el monte. Inmediatamente, de toda la extensión de la laguna, se levantaron miles de aves que ensordecían con la estridencia de sus gritos, de tan diversos tonos, como eran sus colores. Los chajáes, centinelas del desierto, levantaban a duras penas su pesado vuelo, para juntarse en enormes bandadas, elevándose hasta parecer unos puntitos negros que se perdían en la altura. Las garzas morenas, blancas, rosadas y azules, colgando en sus flancos el airón de sus plumas valiosas; un torbellino de patos, gansos e infinidad de palmípedos, de variado tono y color, desde el azul tornasolado del picazo, hasta el rojo oscuro del silbador, junto con otras aves para mí desconocidas, se agitaban con descomunal algarabía sobre las aguas brillantes, formando un maravilloso dosel de plumas.
Sentí que me tocaban; era Lugones, que me miraba sonriente. Admirado con la belleza del espectáculo, no lo había sentido.
-Usted parece encantado con el cuadro, ¿no? Pocos prestan atención a éstas cosas.
Regresamos en silencio y en el momento de montar a caballo me preguntó:
¿No acertó el tiro?
Tuve que confesar que me había olvidado de los patos. Los fui a recoger. Ya en marcha, Lugones, como al descuido, observó:
-¿usted es pintor o le gusta hacer versos?-
-Algunas veces “cometo” versos- le respondí
El hombre, sonriendo con un poquito de tristeza, me dijo:
-Me lo imaginaba. Sin criticar su afición, le aseguro que será el peor obstáculo que se le opondrá en la vida. Esta misma aventura en que se ha metido, lo pinta de cuerpo entero.


[1] Hemos extraido este capítulo de la obra (novela) “En tierras de Magú Pelá”, de Federico Gauffin, reedición revisada de la Comisión Bicameral Examinadora de Obras de Autores Salteños (Ley 3909), de la legislatura de la Provincia de Salta, octubre de 1994.
La edición inicial del autor se realizó en Talleres Rosso, Buenos Aires, 1932. Reediciones posteriores en 1958 del autor, talleres Rómulo D’Uva, y de la Fundación Michel Torino en 1975, ambas en Salta.
Creemos que la descripción de la geografía, del carácter del “chaqueño” y sus costumbres se acercan mucho a lo que conocemos.
La fotografía nos muestra un matrimonio "chaqueño", ambos oriundos de Rivadavia (Salta), de esos que llegaron al Oeste de Formosa con padres y hermanos, con una hija formoseña. Circa fines década del 30.

No hay comentarios: